No soy un entendido en pintura. Nunca lo he sido. Hay cuadros que admiro y otros ante los que no sé muy bien qué debería sentir. Pero de vez en cuando aparece una obra que no necesita explicaciones: te golpea, te incomoda y consigue que sigas pensando en ella mucho después de haber apartado la mirada.

Eso me ocurre con Saturno devorando a su hijo, de Francisco de Goya.

Saturno devorando a su hijo, de Francisco de Goya
Saturno devorando a su hijo, Francisco de Goya (1820–1823). Museo Nacional del Prado.

Una imagen difícil de olvidar

La escena procede de la mitología: Saturno, temiendo que uno de sus hijos le arrebatara el poder, decide devorarlos. Goya convierte la historia en algo brutalmente humano. No hay grandeza, equilibrio ni una belleza tranquilizadora. Hay miedo, desesperación y violencia. Los ojos de Saturno parecen pertenecer a alguien que comprende perfectamente el horror que está cometiendo y, aun así, no puede detenerse.

El cuadro formó parte de las llamadas Pinturas Negras que Goya realizó en las paredes de la Quinta del Sordo durante los últimos años de su vida en España. Quizá por eso transmite una sensación tan íntima. No parece una obra pintada para agradar a un cliente ni para decorar un salón; parece algo que el artista necesitaba sacar de dentro.

Lo que más me atrae de Goya es precisamente esa falta de comodidad. Puede retratar a reyes y nobles, mostrar la vida popular o enfrentarnos a la guerra, la superstición y la parte más oscura de las personas. No intenta proteger al espectador. Nos obliga a mirar. El recorrido dedicado a Goya en el Museo del Prado permite acercarse a otras obras esenciales del pintor.

Mirar sin saber de pintura

Cuando era joven intentaba dibujar cuerpos de mujer desnudos. No se me daba del todo mal, aunque aquello nunca llegó mucho más lejos. Lo mío no ha sido la pintura, ni pintarla ni pasar horas contemplándola en un museo. Tal vez por eso me interesa hablar de arte desde un lugar sencillo: el de quien se encuentra con una imagen y siente algo, aunque no conozca toda la teoría que hay detrás.

Con Munch me ocurre algo parecido. El grito me pone a cien porque convierte una angustia difícil de explicar en una imagen que cualquiera reconoce. El Greco, con sus figuras alargadas y su manera tan extraña de mirar el mundo, también consigue que uno se detenga. Cada uno a su manera demuestra que un cuadro no tiene por qué reproducir la realidad exactamente para decir una verdad.

El grito, de Edvard Munch
El grito, Edvard Munch (1893). Museo Nacional de Noruega, Oslo.

Aprender a mirar a través de otros artistas

En los últimos años he tenido ocasión de colaborar en proyectos web relacionados con pintores. Preparar una página obliga a mirar las obras, ordenarlas y tratar de entender qué tienen en común. Es un trabajo técnico, pero inevitablemente acaba acercándote un poco al artista.

Uno de esos proyectos ha sido la nueva web del pintor aragonés Rafael Calón. Su uso intenso del color y su forma de abordar la figura, el paisaje y la emoción están muy lejos de la oscuridad de Saturno, pero comparten algo esencial: la necesidad de expresarse mediante imágenes.

Girasol, pintura expresionista de Rafael Calón
Una obra de Rafael Calón, donde el color se convierte en emoción.

También he colaborado con Diego Oliván, otro ejemplo de cómo cada creador construye un lenguaje propio.

Retrato de Troya a pastel, obra de Diego Oliván
Retrato de Troya, pastel de Diego Oliván.

No pretendo convertir este blog en una enciclopedia de arte ni fingir conocimientos que no tengo. Me interesa más contar qué me provoca una obra y por qué algunas imágenes sobreviven al paso del tiempo. Goya pintó a Saturno hace dos siglos y todavía hoy cuesta mirarlo sin sentir un escalofrío.

Quizá ese sea el verdadero mérito de la pintura: conseguir que alguien que nunca se ha considerado aficionado se detenga ante un cuadro y empiece a hacerse preguntas.