La Muerte de la Música

(VEREDICTO: BASURA INFECTA)

Pensábamos que los gorgoritos de Bisbal eran lo peor. Qué ingenuos. Lo que vais a escuchar es la prueba de que la humanidad ha perdido el norte. Un amigo me ha pasado esto y lo comparto solo como evidencia del crimen.

Escuchar bajo propia responsabilidad.

De la British Invasion al Ruido

¿Cómo hemos permitido que la industria pase de la genialidad de la British Invasion a este balbuceo digital? Hubo un tiempo en que la música tenía sudor y madera. Hablo de la electricidad de los Rolling Stones o la melodía perfecta de los Beatles. Si querías complejidad, tenías a Pink Floyd y Genesis elevando el rock sinfónico a arte mayor. Si querías rabia, el Grunge de los 90.

Hoy nos venden reguetón, pero, por favor, comparad eso con la energía de Prince, el desgarro de Tina Turner o el carisma de Rod Stewart. Incluso Elvis movía las caderas con más dignidad que los «artistas» actuales. Hemos cambiado guitarras por algoritmos y letras por rimas fáciles. Escuchar la basura actual no es evolucionar, es insultar a la historia.

Del Legado Español al Jazz

En España tampoco nos salvamos. Veníamos de Los Sirex, tocamos el cielo con el Rock Andaluz de Triana y la poesía cruda de Los Suaves. Tuvimos una Movida Madrileña real: la inteligencia de Radio Futura, la frescura de Alaska, el descaro de Siniestro Total o la elegancia de Loquillo. ¿Y ahora? Ahora tenemos productos de televisión reciclables.

Por eso, para limpiarme los oídos de lo que ha perpetrado mi amigo, he vuelto a las raíces. Estoy escuchando al maestro Ray Charles. El Soul es el antídoto. De hecho, si queréis saber lo que es música de verdad, leed mi experiencia en el Reduta Jazz Club de Praga. Eso sí es cultura, y no lo que suena en vuestro Spotify.

¿Necesitas desintoxicarte de tanta glucosa?
Ponte a Muddy Waters.

«I’m a man, I spell M-A-N… child!»

Ese rugido es la única cura. Hemos cambiado a hombres por muñecos de plástico.

Mucho antes de que el ordenador sustituyera a la garganta, sufrimos una plaga quizás peor: la del pop de laboratorio televisado. Me refiero a esa época oscura donde la música dejó de ser arte para convertirse en un concurso de popularidad, fabricando en serie a cantantes de karaoke con sonrisas profident y giros vocales tan exagerados como vacíos. Era una música melosa, pegajosa y sin alma, diseñada por ejecutivos para vender discos en gasolineras a gente que no le gusta la música.

Pensándolo fríamente, el pobre Leopold von Sacher-Masoch, aquel aristócrata que dio nombre al placer a través del dolor, fue un mero aficionado. Sus fantasías sobre la sumisión y el castigo en La Venus de las Pieles son un juego de niños comparado con la tortura psicológica de escuchar una de esas baladas latinas prefabricadas. Sacher buscaba el límite del sufrimiento humano, pero jamás imaginó nada tan cruel como esta basura edulcorada que te tritura el cerebro lentamente. Al menos, en el masoquismo hay placer; en escuchar a estos «artistas» de concurso, solo hay ganas de arrancarse los tímpanos.