Querer tu pais sin complejos
No soy ni de extremos ni de trincheras. Me considero un centrista radical: radical en una cosa muy sencilla, pero que hoy parece revolucionaria: cumplir la Constitución, respetar la ley, defender la familia y querer a tu país sin complejos.
Y cuando hablo de país, hablo también de Aragón, que es mucho más que un trozo de mapa entre Madrid, Cataluña, Navarra y Castilla. Es un territorio que simboliza muy bien lo que hoy nos estamos jugando: demografía, industria, vertebración del territorio, identidad y futuro.
La Constitución: contrato, no adorno
La Constitución española no es perfecta, pero es el marco que nos hemos dado entre todos para convivir sin matarnos a gritos (o algo peor). No puede ser un papel que se saca solo cuando interesa políticamente, ni un fetiche que se agita en campaña y luego se guarda en un cajón.
Ser constitucionalista de verdad es algo muy concreto:
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Aceptar las reglas del juego aunque a veces no nos gusten.
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Entender que los derechos van siempre acompañados de deberes.
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Asumir que España es plural, pero es una sola nación, y que el Estado de las Autonomías no es un pretexto para trocearla, sino para gestionarla mejor.
Aragón, con su historia, su Derecho Foral y su papel en la Transición, es un ejemplo de cómo se puede defender la autonomía sin romper la unidad nacional.
El reto demográfico: o llenamos España… o la vacían otros por nosotros
En comarcas enteras de Aragón lo sabemos de sobra: pueblos que se apagan, escuelas que cierran, campos sin relevo generacional. El famoso “reto demográfico” no es un eslogan: es la frontera entre una España viva y una España convertida en decorado.
Aquí no vale seguir con discursos buenistas mientras:
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Los jóvenes se marchan fuera porque no hay oportunidades.
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Los que quieren tener hijos no lo hacen porque no llegan a fin de mes.
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El campo y la industria se miran como sectores “viejos” en vez de “estratégicos”.
Si queremos futuro, hay que hacer posible construir una vida digna en Huesca, Teruel o Zaragoza, no solo en Madrid o Barcelona. Eso implica política seria de vivienda, empleo y conciliación, no ocurrencias ni parches.
Europa sí, pero una Europa con columna vertebral
Europa es necesaria. España y Aragón se juegan mucho en Bruselas. Pero eso no significa aceptar una Europa:
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Hipersensible con lo políticamente correcto y ciega ante los problemas reales.
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Que legisla al detalle la vida de agricultores y ganaderos, mientras tolera competencia desleal de países terceros.
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Que se pierde en burocracia y pierde su identidad cultural, sus raíces y su capacidad de defender sus fronteras.
Queremos una Europa más auténtica y menos permisiva:
que proteja su industria, su campo, su cultura y sus ciudadanos; que se tome en serio la seguridad y la inmigración; que deje de infravalorar la voz de territorios como Aragón, donde se ve cada día el impacto de sus decisiones.
Obligaciones del ciudadano: sin eso no hay nada
Nos encanta hablar de derechos, pero nos cuesta hablar de obligaciones. Y sin obligaciones asumidas por todos, la Constitución y el Estado de Derecho se quedan en papel mojado.
Obligaciones muy concretas:
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Pagar impuestos… pero exigir que se gestionen con rigor.
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Respetar la ley… y no aplaudir al que se la salta “porque es de los míos”.
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Participar, informarse, votar con criterio… no solo desahogarse en redes.
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Cuidar lo cercano: tu barrio, tu pueblo, tu comunidad autónoma.
El centrismo radical que defiendo es esto:
nada de revoluciones mágicas, nada de promesas imposibles; recuperar la seriedad, la responsabilidad y el orgullo de pertenecer a un país que merece la pena.
Y desde Aragón, con su historia y su carácter, decirlo alto y claro:
España no está para que la gestionen aficionados ni para que la troceen; está para que la cuidemos, la mejoremos y la dejemos mejor de lo que la encontramos.
Inmigración: ni odio ni ingenuidad
Con la inmigración pasa lo de siempre: o grito histérico o buenismo infantil. Ninguno de los dos sirve.
España, Aragón incluido, va a necesitar mano de obra y gente joven. Bien. Pero eso exige tres cosas claras:
Control y orden: fronteras controladas, vías legales, nada de mirar hacia otro lado con las mafias.
Integración real: quien viene tiene que aceptar nuestras leyes, nuestra cultura democrática y nuestros valores de igualdad, especialmente entre hombres y mujeres.
Reciprocidad: respeto para quien llega, pero también respeto obligado hacia el país que le acoge.
Decir esto no es ser xenófobo; es tener sentido común. Igual que exigimos que respeten a una familia aragonesa de un pueblo pequeño, exigimos que esa misma familia respete al inmigrante que viene a trabajar y a aportar.
Devolver la producción a nuestras fábricas
Durante años nos han vendido que fabricar aquí era cosa del pasado, que todo se podía traer de fuera, que la globalización lo arreglaba todo. Y ahora nos encontramos con dependencia exterior, empleo precario y pueblos sin tejido productivo.
Es hora de hablar claro:
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Necesitamos industria en Aragón, en España y en Europa, no solo naves vacías y polígonos medio muertos.
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Hay que producir de nuevo en nuestras fábricas, apostar por la agroindustria, la transformación de productos agrícolas y ganaderos, la industria tecnológica y energética.
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El trabajador de una fábrica en Zaragoza o el autónomo de un pequeño taller en un pueblo aragonés merecen el mismo respeto que el programador de una startup en Berlín.
Si queremos soberanía, no solo energética sino económica, hay que pasar del discurso a la acción: menos subvención vacía y más proyecto serio, suelo industrial, estabilidad regulatoria y seguridad jurídica.
Reivindicar la familia sin complejos
No hace falta ser reaccionario para decirlo claramente: sin familia no hay futuro demográfico, ni social, ni económico.
Reivindicar la familia es:
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Facilitar que quien quiera tener hijos pueda hacerlo sin sentirse castigado fiscalmente.
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Reconocer el valor de cuidar a mayores y niños, también en Aragón rural, donde muchas veces la familia es el último dique antes de que todo se desmorone.
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Dejar de tratar a los padres como sospechosos y devolverles su papel central en la educación de sus hijos.
Defender la familia no es ir contra nadie; es plantar cara a una cultura del “usar y tirar” también en lo personal.
Referentes que no deberíamos olvidar
En una época de discursos vacíos, conviene recordar a quienes apostaron por el consenso y la responsabilidad:
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Adolfo Suárez, que supo pilotar la Transición desde la centralidad y la valentía, asumiendo riesgos personales enormes para traer democracia y reconciliación.
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Hipólito Gómez de las Roces, que desde Aragón defendió la autonomía dentro de España, sin separatismos ni complejos, y trabajó por un autogobierno serio y responsable.
No eran perfectos, pero creían en algo más grande que su propio sillón. Esa es la clase de política que hoy echamos de menos.
Y como dijo John F. Kennedy, una frase que nos sigue señalando el camino:
“No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tu país.”
Aplicado a Aragón y a España: menos quejas vacías, más compromiso diario.
